El proceso culmina en la creación de una señalética inclusiva para el instituto, diseñada por el propio alumnado, y en un mural colectivo entrelazado concebido como una acción comunitaria que hace visible la diversidad del centro.
La escuela es un espacio donde los cuerpos conviven antes incluso de hablar. Se cruzan en los pasillos, ocupan el patio, se agrupan o se repliegan. Aprenden pronto dónde está el centro y dónde parecen estar los márgenes. Mucho antes de cualquier discurso, el espacio ya ha repartido posiciones. Este proyecto parte de esa premisa: el cuerpo como primer territorio donde se construyen identidad, pertenencia y diferencia.
Durante la adolescencia, esta construcción se intensifica. El cuerpo cambia, se compara y se mira. Sobre él se proyectan expectativas relacionadas con el género, la apariencia o el éxito. Muchas de estas normas se presentan como lo normal. Tomar conciencia de ellas permite interrogarlas y, quizás, desplazarlas.
La identidad no es fija ni esencial, se hereda, se transforma y se negocia en relación con los otros. La diversidad no aparece como una suma de diferencias, sino como el cruce de múltiples trayectorias donde todas las identidades están hechas de capas y mezclas.
También el espacio educa. Cómo se nombran los lugares, cómo se orientan los recorridos o qué cuerpos resultan visibles forman parte de una pedagogía silenciosa. Preguntarse quién ocupa el centro y quién queda en el borde es, también, una cuestión política.
Hablar de diversidad no es subrayar lo que nos separa, sino cuestionar aquello que damos por natural o normal. En esta línea, el proyecto propone trabajar desde el cuerpo, el lenguaje visual y el espacio compartido para generar preguntas abiertas más que respuestas cerradas.
Porque quizá el centro no exista como pensamos. Quizá dependa de quién mira. Y al poner en duda lo que llamamos normal, podamos hacer espacio para otras formas de estar y de convivir.