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Ilustración de Cecilia Jiménez

Llamamiento para el número 6 de la revista ANIDA: «Los otros centros»

En un tiempo en que el debate en torno a los derechos culturales es, al fin, una mirada compartida y un espacio de pensamiento común, quienes trabajamos en el ámbito de la cultura, el arte y la educación en contextos alejados de los grandes centros urbanos sabemos bien de qué hablamos cuando nos referimos al marco de desigualdad urbano-rural. Nuestros mundos rurales son espacios afectados por una desigualdad estructural, especialmente si activamos la mirada desde la perspectiva del reconocimiento o de la distribución de los recursos. Sin embargo, el medio rural también constituye, recuperando la poética de Gilles Clément (2004), ese espacio de posibilidad: ese lugar al margen que, por su necesaria y a veces positiva invisibilidad, por esos otros ritmos, por su carácter diverso, periférico y alejado de los grandes relatos, y por todo el conocimiento acumulado, atesora una gran riqueza y un mensaje necesario para poder imaginar nuestros mundos desde otro lugar, desde otros centros.

Por ello, resulta esencial atender a todo el saber que cada día se construye y se acumula en los contextos rurales, reconociéndolo como un conocimiento necesario y útil para afrontar de manera consciente los retos que nos plantea el mundo que habitamos, tanto dentro como fuera de nuestros pueblos, cerca o lejos de las ciudades. Reivindicar lo rural como un espacio epistemológico indispensable para pensar los retos ecosociales que enfrentan hoy nuestras comunidades implica que, desde este otro lugar, desde los otros centros, las escuelas rurales puedan funcionar como laboratorios de pensamiento. En estos espacios es posible activar una escucha atenta desde la que formular preguntas y construir nuevas rutas de acción que contribuyan a imaginar formas de vida que, en palabras de Yayo Herrero (2019), merezcan la pena ser vividas.

Sin caer en romanticismos ni idealizaciones, sostengo de manera honesta que la escuela rural es un espacio de posibilidad para nuestros sistemas educativos. Se trata de espacios, tanto físicos como simbólicos, capaces de abrir caminos hacia la innovación metodológica por múltiples motivos: las ratios bajas, la convivencia en aulas de alumnado de diferentes edades y niveles educativos, el vínculo cercano con las familias y, sobre todo, esa mirada «otra» al campo. Se trata de un conocimiento profundo que habita en toda la comunidad educativa —estudiantes, familias y docentes— y que permite comprender cómo se gestionan en el día a día las condiciones materiales en las que se sostiene la vida.

En este marco, la experiencia educativa puede convertirse en una práctica de indagación, búsqueda, investigación y construcción de conocimiento nuevo y necesario para los mundos que están por venir y por definir. En este contexto, el arte y los procesos artísticos de creación colectiva construyen lugares que nos ayudan a encontrar respuestas y a elaborar nuevas hojas de ruta. Para ello, resulta necesario caminar tomando como referencia los modos de hacer de la educación popular, donde las escuelas están profundamente arraigadas a sus comunidades y funcionan como un nodo más de diálogo entre las personas y entre estas y la tierra que habitan.

No obstante, la escuela rural también convive con retos y dificultades, entre los que se encuentran la precariedad de recursos, la amenaza constante de desaparición asociada a la despoblación del medio rural o la movilidad de los equipos docentes, ya que, desgraciadamente, los pueblos alejados de los grandes núcleos urbanos no suelen ser la primera opción en la elección de destinos. En este sentido, cabe preguntarse cuáles son los retos para el binomio arte-educación en la escuela rural. Al igual que en otros contextos, pero quizá aquí de manera más acentuada, resulta necesario abrir espacios a procesos de pensamiento y acción a través de las artes que articulen una mirada atenta y consciente al territorio y que se construyan desde prácticas artísticas colaborativas. El medio rural se ve especialmente afectado por una inercia paternalista de «llevar» el arte, la cultura o la educación a los pueblos; por ello, adquiere una importancia radical apostar por propuestas basadas en prácticas de creación artística colaborativa, en las que las comunidades educativas puedan generar agenda y agencia propias.

Abrimos, por tanto, este llamamiento a experiencias que construyan espacios de aprendizaje y nuevas propuestas metodológicas en el ámbito del arte y la educación, atendiendo a sus posibilidades de replicabilidad en otros contextos rurales y urbanos.

Estos recursos deben poder inscribirse en alguna de las siguientes líneas de trabajo:

  • Experiencias de arte y educación que surjan de una actitud de escucha consciente al territorio en el que se inscriben y nazcan con la voluntad de activar un espacio de pensamiento, acción y/o transformación de las realidades de su medio rural para mejorar las formas de vida de las comunidades que lo habitan.
  • Proyectos artístico-pedagógicos que partan de entender los contextos rurales y sus sistemas educativos como laboratorios de experimentación de otros modos de estar en el mundo, generando aprendizajes situados y, a la vez, extrapolables a otros contextos rurales o urbanos.
  • Pedagogías en red que se construyan en un espacio de diálogo y colaboración entre las escuelas y colegios rurales agrupados y otros colectivos o entidades del territorio, entendiendo la escuela como un nodo más dentro de sus ecosistemas afectivos, sociales y culturales.
  • Propuestas metodológicas que surjan de la idea de convertir en posibilidad aquellos rasgos propios de las escuelas rurales y que contribuyan a construir saber pedagógico útil para toda la comunidad educativa.
  • Herramientas que contribuyan a construir una cartografía de los problemas estructurales que afectan al medio rural y que permitan visibilizar sus transformaciones.
  • Prácticas artísticas colaborativas que surjan del trabajo colectivo con artistas desde enfoques ecofeministas, contribuyendo a generar nuevas narrativas sobre el medio rural.
  • Prácticas instituyentes que promuevan transformaciones estructurales —también personales y comunitarias— en los modos de entender el arte en su relación con el mundo, desde prácticas colectivas.
  • Experiencias o propuestas de formación docente orientadas a la implementación de proyectos enmarcados en las líneas anteriores.

Inscripción abierta hasta el 23 de marzo de 2026 a través del enlace del Centro de Recursos de PLANEA. Consulta en este pdf  toda la información detallada y cualquier duda podemos resolverla en anida@redplanea.org

Estos son algunos de los puntos de partida que orientan este número 6 de la revista ANIDA y, desde esta perspectiva, os invitamos a participar en este llamamiento, a través del que buscamos recursos artístico-educativos que se estén desarrollando en centros educativos de diferentes y diversos medios rurales, desde un claro compromiso de escucha y vinculación con las realidades de los territorios en los que se inscriben.

Amparo Moroño, editora invitada a la Revista ANIDA 6.

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