Amparo Moroño, editora invitada
En un tiempo en que el debate en torno a los derechos culturales es, al fin, una mirada compartida y un espacio de pensamiento común, quienes trabajamos en el ámbito de la cultura, el arte y la educación en contextos alejados de los grandes centros urbanos sabemos bien de qué hablamos cuando nos referimos al marco de desigualdad urbano-rural. Nuestros mundos rurales son espacios afectados por una desigualdad estructural, especialmente si activamos la mirada desde la perspectiva del reconocimiento o de la distribución de los recursos. Sin embargo, el medio rural también constituye, recuperando la poética de Gilles Clément (2004), ese espacio de posibilidad: ese lugar al margen que, por su necesaria y a veces positiva invisibilidad, por esos otros ritmos, por su carácter diverso, periférico y alejado de los grandes relatos, y por todo el conocimiento acumulado, atesora una gran riqueza y un mensaje necesario para poder imaginar nuestros mundos desde otro lugar, desde otros centros.
[…] Reivindicar lo rural como un espacio epistemológico indispensable para pensar los retos ecosociales que enfrentan hoy nuestras comunidades implica que, desde este otro lugar, desde los otros centros, las escuelas rurales puedan funcionar como laboratorios de pensamiento. En estos espacios es posible activar una escucha atenta desde la que formular preguntas y construir nuevas rutas de acción que contribuyan a imaginar formas de vida que, en palabras de Yayo Herrero (2019), merezcan la pena ser vividas.
[…]
En este marco, la experiencia educativa puede convertirse en una práctica de indagación, búsqueda, investigación y construcción de conocimiento nuevo y necesario para los mundos que están por venir y por definir. En este contexto, el arte y los procesos artísticos de creación colectiva construyen lugares que nos ayudan a encontrar respuestas y a elaborar nuevas hojas de ruta. Para ello, resulta necesario caminar tomando como referencia los modos de hacer de la educación popular, donde las escuelas están profundamente arraigadas a sus comunidades y funcionan como un nodo más de diálogo entre las personas y entre estas y la tierra que habitan.
[…]