A través del juego, el cuerpo y la experiencia colectiva, el proyecto invita a habitar el colegio desde el placer, el deseo y el cuidado mutuo, reivindicando otros tiempos más improductivos, lentos y compartidos. El disfrute se entiende aquí como una práctica de resistencia: una forma de desestabilizar los ritmos escolares y de recuperar el cuerpo como lugar de escucha, creatividad y afecto.
El proyecto se desarrolla en dos fases. Una primera de exploración crítica y reflexiva sobre la escuela como espacio normativo, y una segunda en la que este proceso se traslada a un acto ritualístico vinculado a lo monstruoso. Desde esta perspectiva, la monstruosidad se entiende como potencia creativa: aquello que no encaja, que se desborda, que muta y se mezcla, permitiendo imaginar identidades múltiples, inestables y en transformación constante.
A través del cuerpo, el movimiento, el sonido y la ficción, se propone explorar a nuestres monstrues como formas legítimas de ser y estar en el mundo. El colegio se convierte así en un territorio a reimaginar: sus espacios son recorridos, resignificados y apropiados desde la mirada de les niñes, generando cartografías afectivas que desplazan las normas aprendidas y abren otras maneras de habitar lo común.
La escuela deja de ser únicamente un lugar de aprendizaje académico para convertirse en un espacio vivido, sensible y colectivo. El proceso culmina en un momento escénico festivo que entiende el carnaval como gesto político: una celebración donde visibilizar los cuerpos monstruosos y los placeres cotidianos como formas de resistencia. Se trata de reivindicar el disfrute compartido y la posibilidad de imaginar una escuela que también pueda ser refugio, juego y un lugar donde quepan los deseos de todes.